En un contexto en el que las migraciones generan debates sociales y políticos, y en el que proliferan discursos de miedo, rechazo y confrontación, la Iglesia está llamada a ofrecer una mirada diferente, nacida del Evangelio y fundamentada en la dignidad de toda persona. Una mirada que no ve extranjeros, cifras o expedientes, sino hermanos y hermanas con quienes compartir la vida y construir comunidad.
Jesús se identifica con quienes necesitan acogida cuando afirma: «Fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25,35). Y, a través de la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37), nos enseña que el amor al prójimo supera las diferencias de origen, cultura o religión y se hace concreto cuando nos acercamos a quien necesita ayuda. Desde esta mirada, acoger a las personas migrantes no es únicamente un gesto de solidaridad, sino una expresión de nuestra fe y de nuestro compromiso con la fraternidad.
El Papa León XIV en su encíclica Magnífica Humanitas subraya 6 principios que son fundamentales en la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad de la persona, el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social. Dentro de este último, sitúa explícitamente a las personas migradas, refugiadas y desplazadas, subrayando que “el modo en que una sociedad los trata muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad”. Cada gesto por nuestra parte revela desde dónde estamos actuando. Toda persona, creada a imagen de Dios, posee una dignidad que no depende de su nacionalidad, origen o situación administrativa. Como recuerda Fratelli tutti, estamos llamados a construir una fraternidad abierta, en la que nadie quede excluido por el lugar donde ha nacido.
También durante su reciente visita a España, el papa León XIV insistió especialmente en esta responsabilidad. En Arguineguín, ante la realidad de quienes arriesgan su vida en el mar, afirmó: “La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”. Y recordó que las personas migrantes “no son números ni expedientes”, sino personas con familias, sueños y esperanzas. Sus palabras nos invitan a superar la indiferencia y a comprender que acoger, proteger, promover e integrar forman parte de nuestra misión como Iglesia.
Desde esta convicción, los procesos de regularización administrativa constituyen una oportunidad para avanzar hacia una sociedad más justa e inclusiva. La experiencia del Secretariado Diocesano de Migración y de Cáritas Diocesana demuestra que la irregularidad genera vulnerabilidad, dificulta el acceso al empleo digno y favorece situaciones de precariedad y explotación. Facilitar vías legales y procesos de regularización con garantías permite reconocer derechos, favorecer la autonomía personal y familiar y fortalecer la convivencia. No se trata únicamente de resolver una situación administrativa, sino de abrir oportunidades para que las personas puedan desarrollar sus capacidades y contribuir plenamente al bien común. A este respecto, desde el Secretariado Diocesano de Migración se han atendido a un total de 824 personas con 2.224 intervenciones diferentes, de las cuales se han tramitado 565 solicitudes a la UTEX (Unidad de Tramitación de Expedientes de Extranjería) relativas al proceso de regularización extraordinaria. También Caritas Diocesana se ha implicado en este proceso de regularización extraordinaria a través de la emisión de informes de vulnerabilidad para facilitar la regularización de las personas migradas.
Finalmente, los acontecimientos vividos en Ceuta nos recuerdan, además, la necesidad de ofrecer respuestas humanitarias que protejan la vida, respeten la legalidad y promuevan la cooperación y la solidaridad, sin instrumentalizar el sufrimiento de las personas migrantes. Ante los mensajes que alimentan prejuicios y enfrentamientos, León XIV nos invita a “desarmar el lenguaje”, recordándonos que la discrepancia no justifica la humillación ni el desprecio. También queremos manifestar nuestra solidaridad y empatía con la ciudadanía ceutí en la difícil situación que están viviendo, conscientes de que son un ejemplo de convivencia intercultural desde hace mucho tiempo, y de que la respuesta a este reto humanitario y social debe priorizar tanto el bienestar de la población local, como la protección de los colectivos migrantes.
Como Iglesia diocesana, queremos reafirmar nuestro compromiso de construir comunidades abiertas, acogedoras y fraternas, donde las personas migrantes no sean únicamente destinatarias de ayuda, sino miembros activos que enriquecen nuestra vida social y eclesial. Como recordó León XIV en Tenerife, “integrar es un camino recíproco”, en el que quienes llegan y quienes acogen aprenden a construir juntos.
Que nuestras parroquias y comunidades sean lugares donde nadie se sienta extranjero, donde la acogida se transforme en encuentro y donde la fraternidad deje de ser solamente una palabra para convertirse en una forma de vivir el Evangelio.
Secretariado Diocesano de Migración – ASTI Alicante
Caritas Diocesana de Orihuela-Alicante


