Cerramos semestre y en ASTI recogemos en las “memorias intermedias” un montón de cifras que nos ayudan a demostrar la labor continua que hacemos acompañando a tantas familias migrantes que pasan por nuestros distintos programas.
Pero detrás de esas cifras, sabemos que existen historias vitales en las que nos involucramos desde un trabajo vocacional. En esos datos, a veces, es difícil reflejar ciertos logros que vamos consiguiendo como resultado de nuestro compromiso en el día a día.
Este semestre, nos orgullece enormemente ver cómo, gracias a las reuniones de los grupos de mamás y bebés, las participantes de la comunidad magrebí y latinoamericana han creado vínculos y desmontado prejuicios que “las unas” tenían sobre la cultura de “las otras”. Durante el curso hemos podido disfrutar del acercamiento que poco a poco se iba produciendo y que, al finalizar las sesiones en junio, hicieron evidente al verbalizar lo satisfechas que estaban de haberse encontrado y conocido.
Las reuniones con ASTI terminaron hace semanas, pero hace unos días un grupo de mamás, de cinco nacionalidades distintas, quedó para pasar JUNTAS una tarde en el parque con sus bebés e hijos e hijas mayores, y disfrutaron de un picnic familiar. Que cada una de estas mujeres haya ampliado su red de apoyo, se sienta menos sola, más acompañada, y que lo haya hecho gracias a haber encontrado el espacio de convivencia que hemos propiciado, sigue dando sentido a nuestro trabajo diario.
Historias como ésta nos recuerdan que derribar barreras es posible y reafirman nuestro compromiso de seguir creando espacios de encuentro intercultural.
Nuestro mayor logro no se mide en números, sino en los lazos reales que transforman vidas y construyen comunidad.
